miércoles, 15 de septiembre de 2010

Una piedra en el zapato...

"Pues miren que yo he venido a encontrar justamente esta piedra. Y es que he tenido mucha suerte, eh. Mucha. No es bonita la piedra, no...pero tiene su historia. Y he tenido suerte porque la he reconocido. Miren la forma que tiene ¿ven? Esto que está aquí tiene la forma de un dedo, claramente. Entonces por eso la he reconocido.

Es que en tiempos muy antiguos ha llegado desde aquellas montañas que ven allá -del otro lado de ellas está Argelia-... y la que llegó era una princesa berebere con parte de su pueblo, en busca de agua porque ella había oído que de este lado, en Túnez, corría un río por un cañón muy profundo que es este que está aquí está...y que el río aquel traía agua buena.

Entonces es por eso que ella ha venida hasta aquí en su busca y... nada, que encontró el cañón, pero no el agua. Entonces ha sido que a ella le ha tomado un remolino de furia y ha levantado una piedra del suelo y la arrojó al fondo del cañón. Para descargar la furia, claro... pero es que ha sido -cuentan- con tan mala suerte que le dio justo, justo en la cabeza a un pastor que el pobre iba cuidando a sus tres cabritas allá en el fondo. Justo le ha pegado con la piedra y sin querer, claro, porque ella no había visto ni pastor ni cabras ni nada.
Entonces fue que el pastor cogió la piedra muy ofendido y subió con ella hasta la superficie -que es donde estamos nosotros ahora- para ver quién era que se la había arrojado y con qué intenciones. Ha subido entonces con la piedras y con las cabras, claro. Y se encontró el hombre con esta princesa berebere que, figúrense, toda una princesa. Bueno, pero ella no es que ha querido hacerle daño, si no le conocía, claro. 

Entonces pues ha tomado ella la piedra y la ha apretado con todo su arrepentimiento queriendo deshacerla como si así pudiera deshacer el daño. Por eso es que la apretó con el pulgar... que es esta marca tan clara que aquí ven. Clarísimo el dedo, se nota. Bueno, pero no ha podido romper la piedra, sólo marcarla... y esto lo vio el pastor, claro, y se ha dado cuenta del arrepentimiento de esta mujer que nada menos era que una princesa. Por eso es que este hombre ya no se sintió ofendido, sino más bien honrado, claro, y es por eso que quiso conservar con él la piedra que por supuesto la princesa no ha dudado en regalársela.

Así es que se volvió ella a Argelia con la parte del pueblo que traía, con su arrepentimiento a cuestas y sin el agua, pero qué se le va a hacer. Y el pastor se ha quedado con sus cabras y su piedra que se la llevó a su casa para contarle a su mujer estos hechos que le habían acontecido.

Entonces, nada… que pasaron los años y un buen día murió el pastor y su mujer heredó las cabras y también la piedra. Con las cabras sabía muy bien qué hacer, la pobre, pues toda su vida había vivido de ellas… pero con la piedra ya no era tan sencillo y lo tuvo que pensar. Entonces, claro, pensó bastante y finalmente decidió que lo mejor sería llevarla al lugar donde la princesa la había levantado. Bueno, claro, y así lo hizo.

Entonces vean ustedes si no he tenido yo suerte de justo poner el pie sobre ella y que me haya molestado en el zapato y luego agacharme y verla. Está claro que no hace falta más que verla para notar aquí la huella del dedo de la princesa ¿no?

Bueno… ¿quién la quiere? 



*versión escrita por Iris Rivera sobre una historia narrada por un tunecino, Maher*

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